Primeros viajes

Parece cierto que el viaje a Guatemala fue definitivo. Al volver, todo el mundo notó el cambio en Iñigo. Bebía café como un condenado, comía una sola vez al día y dejó de acudir a la cena de Nochebuena. Radicalizó sus posturas y cierto egoísmo -del bueno, del que no se echa en cara, ese que surge en las personas volcadas en un trabajo que es su vida- asomó por las pocas rendijas que su habitual silencio dejaba entrever. Es ese momento en que su hermano o sus padres empiezan a saber menos de él que sus amigos.
Decenas de cintas de Silvio Rodríguez o de Mikel Laboa, poemas de Gioconda Belli, todas las venas abiertas de Latinoamérica descritas por Eduardo Galeano o los textos del Che, empiezan a llenar el espacio del joven. Y comenzó a hacerse mil preguntas que trataba de resolver por su cuenta. Como aquel día en que, tras despedirse de sus amigos, de camino a casa, se encontró a una pareja de la policía tratando de llevarse a un vagabundo que dormitaba en el portal del templo de La Inmaculada. Fueron 40 minutos de discusión tranquila, de responder con un por qué a cada argumento de los agentes. No logró evitar que se llevaran al sin casa, pero obtuvo respuestas.
A Guatemala llegó un Iñigo inmaduro -imposible pedir más a los 17 años-, pura pasión y con muchos prejuicios. Su madre fue a pedirle a Iñaki Markiegi que convenciera a su hijo para que no fuera, como cualquier madre. Pero Iñigo se financió el viaje iniciático trabajando de almacenista o vendiendo bocadillos en Bilbao y, finalmente, aterrizó en la comunidad de Copal’aa (agua bendita), desplazada en Chiapas (México) por la guerra cruenta que vivía el país centroamericano.
Los 10 meses en Chiapas y Guatemala cambiaron todo. De vuelta en Bilbao, la sombra de Iñigo inundó las instalaciones de PTM. Se le veía trabajar en el computador, caminar de un lado para otro desde las primeras horas de la mañana, leer todo, hablar poco. Reactivó el grupo de derechos humanos de PTM junto a Mikel, otro joven al que conoció en Guatemala, y se volvió a implicar en las luchas locales. Hoy Mikel todavía guarda una botella de ron Medellín que le regaló Iñigo y que se quedó pendiente de un encuentro, de una charla. Mikel también ha dejado pendiente su trabajo en una entidad de análisis internacional para dedicar sus conocimientos de abogacía a gestionar las denuncias y las tareas de presión ante Naciones Unidas y la Unión Europea para que el crimen del Atrato no quede impune.
Volver a Bilbao suponía retomar costumbres (desayunar todos los días en el Itxaso, reunirse con la cuadrilla), relaciones, como la de Laura (la amiga de infancia que termina siendo su pareja) y tomar distancia para abordar nuevos proyectos. Su coherencia gustaba, pero su forma de vida incomodaba. La austeridad de sus costumbres chocaba con la forma de vida familiar, el hecho de ir a todos los destinos como voluntario, sin cobrar una peseta, la independencia y sus denuncias podían causar problemas a la ONG a otros cooperantes. Pero en la balanza, según se deduce de los hechos, se valoraba más la coherencia y la prematura madurez.
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