Hasta los 17 años.

La ruta de Iñigo hasta los 14 años fue convencional: pedir unas zapatillas de deporte de marca a mamá, patalear hasta conseguir el dinero para ir a San Mamés (la catedral del fútbol vasco)… Lo normal. Hasta que llegó al instituto, y cambió la ropa, y cambió la mente.
Pudo ser la influencia de las clases de confirmación -como piensa Laura-, o los contactos con el fuerte tejido social organizado que existe en el País Vasco. 0 no. A sus amigos, a su cuadrilla, no les dio por ahí, aunque le siguieron en algunas de sus locuras lúcidas. Por ejemplo, cuando Iñigo creó con 16 años la ONG Papeo Pa Tos (Comida Para Todos) y, a base de fiestas y campañas varias, logró financiar los estudios universitarios a cinco salvadoreños; o cuando agarró la tienda de campaña y fue uno de los primeros que la plantó en El Arenal, involucrándose de lleno en el movimiento del 0,7% (que reclamaba en el Estado español el destino de ese porcentaje del PIB a la cooperación); o cuando imprimió decenas de camisetas con el lema« Bilbao verde» y la cuadrilla se paseaba por toda la ciudad reclamando más parques; también cuando convirtió la casa familiar en un almacén para el papel que recogían Juan y Bino, dos inmigrantes a los que ayudaba a ganarse la vida. «Eran las cosas de Iñigo.» Suspiro… habla Aitor.
Por eso nadie admite que cuando Iñigo marchó por primera vez, a los 17 años, a Guatemala, estuviera huyendo o haciendo turismo social. Él solía decir que los espacios eran diferentes, pero los problemas de fondo los mismos. Sus amigos, que hablan de ello en la planta baja del Itxaso, reaccionan con cierta rabia cuando se trata de dibujar el perfil de un Iñigo heroico: «Él no se fue porque fuera un puto líder mundial; se largó porque creía en lo que hacía, pero con normalidad, sin darle importancia.» Parece cierto que el viaje a Guatemala fue definitivo.
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