Biografia

Esta sección es un extracto de la obra

“Los muertos no hablan” de Paco Gomez Nadal

Iñigo era un joven que, como el resto de su cuadrilla,hizo la confirmación en la parroquia de la Inmaculada, jugaba al fútbol en el campo que hay bajo la autopista de entrada a Bilbao, trataba de arreglar el mundo en las tertulias del bar Xir Gu, y tomaba calimocho (esa explosiva mezcla de vino barato y Coca-Cola) en el bar Itxaso. Todo un universo que cabe en un puñado de calles.

Pero el amigo murió lejos de Basurto y, cuando cayó a las caudalosas aguas del río Atrato, enterró una intensa historia de vida que parece increíble. Lo que ocurre es que cada persona que se topó en su camino la corrobora, la matiza, le quita el barniz épico para dotarla de un humanismo un poco pasado de moda. Claro que tampoco es muy normal subirse solo a la montaña -casi siempre al monte Anboto- cargado de libros, con una botella de whisky para combatir el frío de los demonios, y con tiempo para pensar; o fumar, en día de lluvia, con medio cuerpo fuera de la ventana, provisto de chubasquero, para no molestar a la familia; o querellarse contra una empresa por el impago de un solo día de trabajo; o dejar los estudios a los 16 años para, a partir de ese mismo momento, ponerse a leer como loco la bibliografía que queda fuera del currículo escolar… «Allí [en el instituto] no me enseñan lo que quiero. Prefiero aprenderlo de la vida», le dijo a Iñaki Markiegi, el coordinador de PTM, cuando éste trató de convencerlo de que volviera a estudiar.
Y no es que este joven del barrio obrero de Basurto estuviera hecho de otra pasta, sólo que para él las palabras no eran tan importantes como los hechos. Un tópico sí, pero en su caso bastante apropiado. Quizá fuera determinante para forjar esa personalidad el hecho de tener padres sordomudos, el haber crecido en una casa en la que el silencio era el mayor de los ruidos y donde los gestos eran determinantes.

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